Astrología, Mitología y Filosofía
Cuando estudié Filosofía en la UNED hubo una idea que se me quedó profundamente grabada: una de las grandes transformaciones que se producen en el pensamiento griego es el paso del mythos al logos. Dicho de una manera sencilla, el ser humano comienza a intentar comprender la realidad no solamente mediante relatos sagrados, genealogías divinas o historias protagonizadas por dioses, sino buscando principios, causas y explicaciones racionales.
Esto no significa que los mitos carezcan de valor. Los mitos han servido durante milenios para transmitir experiencias humanas fundamentales: el amor, el miedo, la muerte, el poder, la fertilidad, la guerra, el destino o la relación del ser humano con aquello que considera sagrado. Pero la filosofía introduce una pregunta distinta. Ya no basta con explicar que una cosa sucede porque un dios ha querido que suceda. Se intenta descubrir qué principio existe detrás de los fenómenos.
Ese cambio de perspectiva me parece especialmente interesante cuando hablamos de astrología.
La propia palabra nos ofrece una pista. «Astrología» procede del griego astrología, formada a partir de ástron, astro o estrella, y -logía, relacionada con lógos: discurso, estudio, razón o explicación. Etimológicamente podríamos aproximarnos a ella como un «discurso acerca de los astros» o un «estudio de los astros». En la Antigüedad, además, astrología y astronomía no estuvieron separadas de la manera tajante en que las entendemos actualmente. Durante mucho tiempo formaron parte de un mismo campo de conocimiento dedicado al cielo y a sus movimientos.
Por eso siempre me ha parecido importante recordar que hablamos de astro-logía y no simplemente de astro-mitología.
La astrología antigua tuvo, por supuesto, importantes raíces religiosas y míticas. Las civilizaciones mesopotámicas observaron durante siglos el cielo interpretándolo dentro de una concepción religiosa del cosmos. Los planetas fueron asociados a divinidades y numerosos símbolos astrológicos conservaron posteriormente nombres y atributos procedentes de esos mundos religiosos.
Pero la astrología occidental que finalmente se desarrolla en el mundo helenístico experimenta también un proceso de racionalización. Ya no se limita a decir que Marte representa determinada fuerza porque exista un determinado relato acerca del dios Ares. Se construye todo un sistema basado en cualidades, naturalezas, elementos, movimientos, posiciones, aspectos, dignidades y relaciones entre los planetas.
Claudio Ptolomeo constituye uno de los ejemplos más importantes de esta transformación.
Ptolomeo no inventó la astrología occidental. Cuando escribió el Tetrabiblos, en el siglo II, existía ya una larga tradición astrológica helenística. Lo que hizo fue organizar una parte considerable de ese conocimiento e intentar ofrecerle una fundamentación coherente con la filosofía natural de su época.
Y esto es enormemente significativo.
Cuando Ptolomeo explica la naturaleza de los planetas, por ejemplo, no necesita recurrir constantemente a las aventuras amorosas, familiares o guerreras de los dioses. Habla de cualidades naturales. Saturno es fundamentalmente frío y seco; Marte, caliente y seco; Júpiter, caliente y húmedo; Venus posee otras combinaciones de cualidades. El sistema se construye a partir de principios que pretenden describir cómo funciona el cosmos.
Podremos aceptar o rechazar hoy aquellas explicaciones, pero intelectualmente el procedimiento resulta muy diferente del relato mitológico. Existe un intento de establecer causas, principios y reglas.
La astrología pasa así a formar parte de una determinada visión filosófica del universo.
Durante siglos convivirá con distintas corrientes de pensamiento: el aristotelismo y su filosofía natural, determinadas concepciones estoicas acerca de la simpatía universal y el destino, el neoplatonismo y también las tradiciones herméticas. No existe una única filosofía astrológica, pero sí encontramos una idea común particularmente poderosa: el cosmos constituye una realidad ordenada cuyas diferentes partes mantienen relaciones entre sí.
Aquí es donde aparece uno de los grandes principios asociados posteriormente al pensamiento hermético: la correspondencia entre diferentes niveles de la realidad.
El cielo y la Tierra no serían dos mundos completamente aislados. El ser humano formaría parte del mismo orden cósmico.
Esta concepción permitió relacionar astrología, filosofía hermética y alquimia. La alquimia tampoco fue solamente la búsqueda ingenua de fabricar oro, como algunas veces se presenta. Dentro de determinadas corrientes filosóficas constituyó una reflexión sobre las transformaciones de la materia y, simultáneamente, sobre las transformaciones del propio ser humano.
El universo era entendido como un entramado de correspondencias.
Planetas, metales, cualidades, plantas, órganos y procesos naturales podían relacionarse porque pertenecían a una misma estructura cósmica. De ahí surgió buena parte de ese lenguaje de correspondencias que encontramos durante siglos en astrología, medicina astrológica, alquimia y magia natural.
Esta forma de comprender la astrología es la que particularmente me interesa cuando estudio astrología tradicional.
No necesito conocer el mito de Cronos devorando a sus hijos para comprender la naturaleza astrológica de Saturno. Puedo estudiarlo a partir de su cualidad fría y seca, de su movimiento lento, de su condición de maléfico mayor dentro de la tradición, de su posición en la carta, de sus dignidades, de las casas que gobierna, de sus aspectos y de su estado celeste y accidental.
Del mismo modo, para interpretar Marte no necesito comenzar relatando las aventuras del dios de la guerra. Me interesa conocer su naturaleza caliente y seca, su capacidad de separar, cortar, combatir o inflamar y, posteriormente, estudiar cómo actúa concretamente dentro de una figura astrológica.
Esto no significa que la mitología sea inútil para la astrología.
Significa simplemente que pertenece a otra manera de aproximarse al símbolo astrológico.
La astrología psicológica contemporánea ha recuperado precisamente gran parte del lenguaje mitológico. Y aquí la influencia de Carl Gustav Jung resulta fundamental. Jung estudió extensamente los mitos, las religiones, los sueños, los símbolos y posteriormente la alquimia porque consideraba que determinadas imágenes se repetían a lo largo de diferentes culturas y épocas.
Para Jung, los relatos mitológicos podían expresar estructuras profundas de la psique. Los dioses dejaban entonces de ser únicamente personajes pertenecientes a antiguas religiones y podían ser interpretados como imágenes mediante las cuales el ser humano representa determinados conflictos, tendencias y experiencias interiores.
Desde esta perspectiva resulta perfectamente comprensible que una astrología psicológica utilice el mito.
Cuando se habla de Saturno puede aparecer Cronos; cuando se estudia Venus pueden evocarse los mitos de Afrodita; Plutón puede relacionarse con Hades y Perséfone; Mercurio con Hermes. El relato sirve entonces como vehículo simbólico para explorar determinadas experiencias psicológicas.
Esta utilización de la mitología está muy relacionada con la psicología analítica de Jung, que estudió precisamente la presencia de motivos mitológicos en sueños, religiones, cuentos, alquimia y otras producciones simbólicas de la humanidad.
Pero conviene distinguir los lenguajes.
Una cosa es utilizar el mito como instrumento psicológico y otra muy diferente afirmar que necesitamos necesariamente el mito para practicar astrología.
Yo no lo considero así.
Como mi trabajo y mis estudios se orientan cada vez más hacia la astrología tradicional, generalmente prefiero prescindir de la mitología en mis interpretaciones y en mis clases. No porque crea que los mitos sean falsos, infantiles o inútiles, sino porque considero que pertenecen a otro nivel de análisis.
Cuando estoy estudiando una carta desde la astrología tradicional quiero saber qué hace realmente un planeta dentro de esa carta: qué casas gobierna, dónde está situado, qué dignidad posee, qué planetas lo reciben, qué aspectos establece, qué determinaciones tiene y qué capacidad posee para producir determinados acontecimientos.
Ahí es donde encuentro el verdadero lenguaje de la astrología tradicional.
Por eso, personalmente, prefiero volver al logos.
Al estudio, al razonamiento, a la observación y a las reglas internas de la disciplina.
Los mitos pueden ayudarnos a comprender el imaginario humano y pueden ser extraordinariamente ricos cuando hacemos astrología psicológica. Pero no debemos convertirlos automáticamente en el fundamento de toda interpretación astrológica.
La astrología tradicional posee su propio lenguaje filosófico.
Y precisamente por eso considero importante recuperar algo que ya está contenido en su propio nombre: no estamos únicamente contando historias acerca de los astros.
Estamos intentando comprender su logos.


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