La Planta de Plutón

 

La novena planta

Hay lugares donde la vida y la muerte conviven sin metáforas.

La novena planta del Hospital Provincial de Córdoba, dedicada a Medicina Interna, es uno de ellos. Habitaciones con puertas entreabiertas. Monitores que laten como corazones eléctricos. Pasos suaves por los pasillos. Un silencio espeso que no es ausencia de ruido, sino presencia de lo inevitable.



Yo la he llamado La Planta de Plutón.

No porque allí reine la oscuridad, sino porque allí se manifiesta lo que Plutón representa en su verdad más desnuda: el tránsito, la frontera, la transformación irreversible.

La mayor parte de las personas que habitan esa planta son ancianas y ancianos que ya han entregado mucho a la vida. Sus cuerpos están cansados. Sus almas parecen estar en conversación con algo que nosotros no vemos.

Una semana bajo la sombra de Plutón

Durante una semana viví allí, en la habitación 925, acompañando a mi madre, Montserrat. Estaba muy malita. Hubo momentos en los que la respiración se volvía un hilo finísimo. Instantes en los que el tiempo se suspendía y el alma se encogía.

Plutón estaba cerca.

No en el cielo abstracto de las efemérides, sino en la experiencia concreta del miedo, del amor y de la entrega. Transitaba acercándose a mi Luna. Y la Luna es la madre. La Luna es el hogar, la memoria emocional, el vínculo primario.

Cuando Plutón toca la Luna, no viene a destruir sin sentido. Viene a transformar el vínculo con lo materno. Viene a atravesarlo con profundidad. Viene a quitarle la ingenuidad y devolverlo convertido en conciencia.

El sonido del llanto

En esa planta he escuchado el llanto desgarrado de familias que despedían a los suyos. He sentido el silencio posterior, ese silencio que no es vacío, sino aceptación forzada.

He percibido cómo, en cuestión de minutos, una habitación cambia de vibración. Cómo la vida se retira y deja espacio a la memoria.

Allí comprendí que Plutón no es un mito lejano. Es experiencia humana. Es el momento en que la realidad nos obliga a mirar lo que evitamos: la fragilidad, el paso del tiempo, la impermanencia.

Cuando la madre cambia de forma

Mi madre no se fue. Esta vez no. Con la ayuda de Díos y de sus instrumentos: la Doctora Lola y sus residentes y todo el personal sanitario de la planta.

Se escapó de la muerte.

Pero Plutón no pasa sin dejar huella. Mi mamá no volverá a ser la misma. Pasa ahora a una situación de total dependencia. Y eso también es una muerte simbólica. La muerte de una etapa. La muerte de una autonomía. La muerte de una identidad que durante décadas fue fuerte, autosuficiente, protectora.

Cuando Plutón toca la Luna, el hijo deja de ser solo hijo. Se convierte en sostén. Se invierten las mareas. La madre se vuelve niña. Y el alma aprende una lección que no puede estudiarse en libros: la del cuidado consciente. La del amor que no exige reciprocidad. La del dar sin esperar.

El verdadero tránsito

En la Planta de Plutón he comprendido algo esencial: la muerte no siempre es un final biológico. A veces es un cambio de forma. Una mutación del vínculo. Una invitación a amar de otra manera.

He sentido a Plutón cerca. No como terror, sino como presencia profunda. Como ese arquetipo que nos conduce al fondo para que descubramos que el dolor y el amor nacen del mismo lugar.

La novena planta no es solo un espacio hospitalario. Es un umbral. Allí las familias se enfrentan a su sombra y descubren, si se atreven, que lo que duele también revela lo que es sagrado.

Plutón no se llevó a mi madre.

Pero me llevó a mí a un lugar más profundo dentro de mí mismo.

Y esa es una transformación que ya no tiene retorno.

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