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¿Dónde empieza y dónde acaba la responsabilidad?

  Hace ya algunos días que no escribo temas de desarrollo personal o pensamiento positivo. Por eso voy a escribir ahora sobre el tema de la responsabilidad. Existen aspectos de la vida cotidiana, y también de nuestro futuro, que podemos controlar y otros que, hagamos lo que hagamos, no podemos variar ni un ápice. Sin embargo, el hecho de que verdaderamente haya situaciones inalterables no significa que tengamos "carta blanca"para eludir nuestra responsabilidad en determinados asuntos.

   Evidentemente, es muy fácil echar la culpa a los demás de nuestras miserias, pero no se trata de una opción aconsejable porque aunque intentemos "acusar" a otras personas de nuestros problemas, o bien ligarlos a la mala fortuna, siempre habrá una "vocecita interior" que nos recuerde que eso que decimos sólo puede servirnos para convencer a los demás, pero no a nosotros mismos. En realidad, podíamos haber hecho más de lo que hicimos, pero la comodidad nos llevó a quedarnos cruzados de brazos, sin hacer absolutamente nada.

   Recogemos lo que sembramos, de modo que si en el pasado hubiéramos planteado otras causas, recogeríamos otros efectos en el presente. Además, el hecho de culpabilizar a otros de nuestras desgracias sólo es un engaño que, a la larga, pagamos con una evidente baja estima personal y falta de confianza para afrontar cualquier tipo de situación. ¿Acaso no es mejor admitir que hemos luchado por conseguir algo y hemos fracasado que tener que confesar que no hemos hecho absolutamente nada por alcanzar lo que deseábamos?




Factores externos

   Existen, es cierto, factores externos y condicionantes contra los que no podemos luchar, pero lo que no podemos negar es que disponemos de libertad: libertad para actuar de un modo u otro o bien para quedarnos impasibles viendo simplemente cómo transcurre el tiempo.

   Es justamente el empleo de esa libertad lo que nos permite hacer uso de nuestra responsabilidad o demostrar porque no tenemos interés alguno en tomar nuestras propias decisiones.

   Es importante, por tanto, que:
  • No permitamos que sean siempre los demás quienes decidan por nosotros.
  • No creamos que nuestra actitud -sea optimista o pesimista- no puede influir en el desarrollo de los acontecimientos.
  • No nos vanagloriemos de nuestros éxitos y culpemos a los demás de nuestros fracasos.
  • Hagamos el esfuerzo de reflexionar y no tomemos decisiones precipitadamente.
  • Optemos por la postura más cómoda: que los acontecimientos sigan su curso natural.
  • Aprendamos de los errores y tomemos buena nota de ellos para mejorar en el futuro.
  • Sepamos reponernos de los fracasos sin pensar que pueden volver a repetirse.
Responsabilidad y culpabilidad

   El miedo a lo desconocido o al fracaso no pueden ser tan fuertes como para llegar a dejarnos estupefactos y sin poder dar un paso.

   Sin embargo, la responsabilidad no puede nunca llegar al extremo de hacernos sentir culpables por todo aquello que no acaba de salir como esperábamos, o incluso de los problemas de quienes tenemos cerca. Responsabilidad no es sinónimo de culpabilidad. Hay quien es tan severo consigo mismo que se martiriza cada vez que no consigue lo que pretendía, llegando a la conclusión de que algo debe haber hecho mal para merecer esa suerte. Ese no es el tipo de responsabilidad por el que debemos optar, ya que sólo conseguiríamos vivir en un permanente malestar interior.

   Ciertas personas son algo así como especie de "esponja" emocional que "absorbe" el dolor de los demás como si fuera suyo. Es una equivocación pensar que, si queremos a los demás, debemos actuar de ese modo. Debemos prestar atención a quienes tenemos a nuestro alrededor, comprendiendo sus sentimientos, pero es importante evitar simpatizar con ellos hasta el punto de que nos afecten igual a nosotros. De hecho, si simpatizamos con los demás hasta ese extremo, no aliviaremos su trastorno y mermaremos nuestra capacidad de ayuda.

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