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En Leo, Amo y Procreo, por Laurence Fritsch-Griffon.

   Soy sol de agosto. Hago que reviente la piel del melocotón y que madure la espiga de trigo. Amarillo dorado en los campos, amarillo dorado en las colmenas, amarillo cobrizo de las marmitas de confitura que aparecen en los fogones. Estoy ya algo menos presente aunque sigo siendo denso. Es el tiempo de la cosecha, de la recolección de los frutos, de la obtención de la miel.




   Se cosecha cuando ha llegado el tiempo. Sólo el grano da la hora de su recolección. Demasiado maduro, caería al suelo al primer trueno. Demasiado blando, lechoso aún, no daría harina. Se cosecha justo antes de la plena madurez del grano como se pare, a menudo, justo antes de la luna llena.

   De las dos espirales de la evolución de acción alternativa y complementarias inscritas en el signo de Cáncer, que recuerdan los dos cuerpos del huevo como el recíproco engendramiento del negro en blanco y del blanco en negro, nace un núcleo único y liberador. Cascarón roto por el polluelo, abierta matriz de cordón umbilical cortado. El peregrino del zodíaco se ha parido adulto, ha quebrado su cascarón y arrojado la máscara.

   Paso a la "animación", al anima, "soplo de vida", entrada en el estado animado que nace al movimiento; inscrito en la alternancia perpetua del símbolo de Cáncer, en esta etapa deviene operativo, puede entonces dominar el instinto animal y vivir el amor en las tres divisiones del tiempo: pasado (integrado); presente (vivido); futuro (iniciado por la procreación).

   Soy sol de agosto y podría desecar los campos, incendiar el corazón de los hombres y asolar los bosques pero, andando, he comprendido que soy el primer punto de llegada del trabajo de Aries, otro signo de fuego, para cosechar la semilla crecida en el transcurso de las cinco etapas precedentes en la horma de mis cinco sentidos.

  Para ello debo aceptar expresar mi individualidad auténtica y arrojar la máscara de mi personal -del latín persona-. Es la hora en la que el peregrino debe tomar el disfraz del actor o desvelarse. Atreverse a no tranquilizarse ya con la imagen que da de sí mismo. Individualizarse e imponerse en un espíritu de competición y de exigencia. Entre conciencia de ser y egocentrismo, esa etapa del camino puede ser embriagadora, pues el aire libre, a veces, hace titubear a quien ha permanecido largo tiempo en un recinto cerrado. El caminante sabrá tener cuidado para liberarse realmente y tomar su medida en el siguiente peldaño de la escalera iniciática.

  Es la hora de recoger la miel, fruto de una transformación efectuada en el propio seno del cuerpo de la abeja, en su tubo digestivo, gracias a la acción conjugada de la saliva y el jugo gástrico. Y el peregrino es la abeja. Libó en Géminis, transformó en Cáncer para llegar a una creación perfecta en Leo. ¿De qué sirve la miel? ¿Se detiene por ello el viaje?

Extracto del Libvro LA INVITACIÓN A LAS ESTRELLAS, Una dimensión espiritual de la astrología.

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