martes, 8 de mayo de 2012

El Aburrimiento.

    Como ya he dicho en varias ocasiones, no soy médico, ni psicólogo. Me dedico a la astrología en exclusiva y tengo nociones de tarot. No obstante, a mi consulta acuden personas con distintos problemas y por eso mismo me he preocupado por conocer algunas soluciones, por si puedo aportar algo de luz. Todo esto siempre dentro unos límites, pues en muchas ocasiones tengo que derivar a la persona hacia un profesional adecuado. Muchas veces la información que ofrezco no es suficiente, en otras, sin embargo, mis clientes me han agradecido los consejos que les he dado. Por eso voy a iniciar una serie de artículos donde hablaré sobre algunos de los problemas psicológicos más comunes que me he encontrado. Explicaré lo que he aprendido, por si le puede de servir de ayuda a alguien.

    Voy a empezar hablando del aburrimiento. El aburrimiento es un estado consciente, una lacra que puede sumir a cualquiera en una especie de incubadora de la que no puede salirse. El aburrimiento y la pereza son primos hermanos que atacan seriamente la propia voluntad, por lo que es preciso despojarse de ellos lo antes posible para que no peligre el peligro emocional y anímico (sentimientos de soledad, de baja autoestima, frustración...).


    Existen circunstancias de la vida que favorecen la aparición del aburrimiento y la dejadez, como la falta de empleo (paradoso y jubilados), la confinación exclusiva a los trabajos domésticos, la separación forazada de un compañero con quien se estaba acostumbrado a realizar toda actividad, un trabajo poco estimulante, mala relación con los compañeros de trabajo, conflictos o poca comunicación con los jefes... Todas estas situaciones son propicias para iniciar etapas de bajo o nulo rendimiento personal.

    Las personas aburridas tienen algunas dedicaciones obsesivas, como dormir, ver la tele, comer o comprar. Tales actividades no requieren ejercitar la mente, sino más bien al contrario: cuentan con una elevada capacidad de distracción y adormecimiento. En cambio, se dejan para "el día siguiente" actividades con una carga de obligación: limpiar la casa, hacer recados y gestiones, reparaciones... El aburrido pretende evadirse mediante actividades placenteras, pero a medida que avanzan los días, cada vez tienen  menos éxito y sus actividades se convierten paulatinamente en nuevas formas de aburrirse: delante de la tele se acentúa el zaping; los objetos caprichosos, que desde los escaparates prometían diversión, acaban olvidados y cubiertos de polvo en los estantes; se duerme y se come a cualquier hora sin ningún orden ni concierto hasta que se pierde el control horario del día...


    En este terrible estado, la persona desciende vertiginosamente por un abismo del que sólo puede salirse a través de la mente y la actividad. Aunque no se tenga un trabajo, o aunque el trabajo que se tenga sea monótono, "siempre hay cosas por hacer": cosas que siempre se quedan por hacer, necesarios o no. Estas actividades sostienen la vida (obligaciones) o animan la rutina (placeres). De las obligaciones y placeres hablaré en un artículo posterior.

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