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Psicología Analítica de Jung: Integración del Animus/Anima.

    Del mismo modo que para el hombre ante su anima, la evolución de la mujer se reaiza mediante la exploración de toda su dimensión masculina inconsciente por medio de las representaciones que se modifican conforme a su propio desarrollo.

   Cuanto más inconscientes son las tendencias del anima o del animus, más "poseen" al yo e influyen en todas las relaciones con el otro: así, tal hombre suele vincularse con el mismo tipo de mujer, y tal mujer con el mismo tipo de hombre, a pesdar de los sinceros esfuerzos para cambiar de esquema.

    Se trata de un vínculo de fascinación que, si bien posibilita la relación con un compañero del otro sexo, la mantiene en cierta confusión entre el anima y la mujer de la realidad, y entre el animus y el hombre de la realidad. Esto explica gran número de desilusiones y de decepciones, especialmente cuando la realidad cotidiana le gana la partidaa lo que era proyectado en el seno de la pareja, del anima del hombre y del animus de la mujer. En la mayoría de los casos, cada cual acusa al otro de haber cambiado o de haber disimulado al otro su verdadera naturaleza. Se plantea entonces una relación de proyecciones recíprocas que puede volverse muy conflictiva. Por el contrario, si cada cual tiene la valentía de superar esta decepción para retomar por su cuenta los elementos proyectados, la pareja puede volver a empezar sobre nuevas bases.

    El encuentro con su sombra obliga a la mujr a tomar distancia con respecto a su animus. Antes bien, lo que conduce al hombre a abrirse al anima es la toma de conciencia de la influencia de su persona. En nuestra sociedad, la mujer ha tenido que identificarse con su animus para afirmarse, con frecuencia a expensas de su femineidad. Por el contrario, el hombre muestra más bien tendencia a rechazar sus condicionantes femeninos para identificarse con un modelo social masculino más o menos caricaturesco.

     El distanciamiento de las proyecciones del anima o del animus se produce por diferenciaciones sucesivas de las imágenes parentales, del yo, de los modelos colectivos insertos en la persona y por la disminución de las proyecciones sobre el prójimo: tal es la diferenciación del anima en la mujer, y del animus en el hombre.

     Y mediante el distanciamiento y mediante la relación con su propia anima/animus, el hombre y la mujer integran su capacidad de vinculación, de palabra y de encuentro. La influencia del anima/animus sobre la vida de la relación se vuelve positiva y contribuye a la maduración del psiquismo.

   La integración progresiva del anima y del animus conduce naturalmente al encuentro de otros arquetipos, en especial el del viejo sabio simbolizado por el hechicero, el profeta o el mago, y el de la gran madre, simbolizado por la diosa de la fecundidad, la gran sacerdotisa o la madre tierra.

Merlín, representación del Viejo Sabio.

Representación de la Madre Tierra.


   A través de estas representaciones, el sujeto entabla relación con la esencia misma de su parte masculina, principio espiritual, y la de su parte femenina, principio material de la naturaleza primordial. Es éste el desarrolla de la espiritualidad y de la integración de una dimensión trascendente en el yo consciente.

   El peligro a este nivel consiste en caer en la fascinación de estas imágenes, que se convierten entonces en objetos de identificación: el hombre juega al profeta, al fundador de sectas, yla mujer se convierte en una madre sumamente poderosa e indispensable, capaz de todo y organizadora de todo.

   Las energías que dinamizan estas figuras arquetípicas, fuerzas de conocimiento, no están verdaderamente a disposición del individuo sino cuando ha aprendido con total humildad a distinguirse de ellas. Cuando estos arquetipos son integrados como simples instancias al servicio de la psique, el sujeto se aproxima a la personalidad total como realidad vivida: el Sí Mismo. Del cual hablaré en el próximo artículo.




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